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Yo no tengo una personalidad; yo soy un raro, un conglomerado, un rejunte, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de infección espiritual y psíquica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que nazca una nueva personalidad, una nueva fase.
Desde que estoy conmigo mismo, desde que mis pies tocaron la hierba, la tierra y el cemento, es tal la aglomeración que me rodea, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes, en todos los rincones: En el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, en el jardín, hasta en el techo.¡Imposible, inadmisible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible, inadmisible saber cuál es la verdadera, cuál me conviene!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más profunda y en el revoltijo y en el caos con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. Las siento ajenas, lejanas, fuera de mi, de mi piel; las siento en el aire, las respiro y las expulso.Y yo me pregunto ¿Que clase de contacto pueden tener con migo todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a cualquiera? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este desvío marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretino cuya sonrisa es capaz de congelar un mar entero?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una vanidad... de un egoísmo... de una falta de tacto... de un no sentido de la vista...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires indiferentes. Todas, sin ninguna excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones, agresiones que no terminan nunca, que cesan en el infinito. En vez de tolerar, ya que tienen que vivir juntas, en un mismo lugar, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de los demás, ni los míos en sí. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome, por ejemplo, un paseo por el cementerio en una penumbra absoluta.
Mi vida resulta así, una confusión; no, un mar de confusión, de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo, una tal mezcla de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, una satisfacción.La satisfacción de mandarlas todas juntas a la MIERDA
Mi cuerpo desnudo se arqueaba, se estremecía, impulsado por el frío insoportable de aquella noche. La luz de la luna rebotaba en las masas de agua, pero era absorbida por la arena mojada. Yo la contemplaba, la escuchaba, la sentía en mis venas, en lo más profundo de mi corazón.
Sentía el olor de los árboles, como éstos se comunicaban unos con otros, como las hojas se morían y caían a la arena, al suelo, como las aves dormitaban, y pude adivinar qué estaban soñando exactamente. Concebí como ellas también se agitaban con el frío que entraba entre sus plumas.
-Siente la luna, ámala. -me dijo mi nueva amiga.
Quería unirme a ellos, a esa gran manada, sin preocupaciones, responsabilidades. Lucharíamos juntos, contra todo aquel contaminante humano, contra todo; lucharíamos, y venceríamos.
Traté de dejar el planeta tierra, de ir más allá de las olas, a las profundidades, para hablar con los corales, para que me cuenten sus más íntimos secretos, para oír los chistes de los peces y reírme con ellos. Pero no pude. Intenté elevarme a la luna, acostarme sobre ella, que me caliente, que me transforme, que me entienda, que llore con migo, que me diga sus penas, que me hable, que ella también se acueste en mí. Pero tampoco, nada pasaba, nada sentía.
-Acércate -me dijo, y yo obedecí. Avancé hasta que una ola alcanzó mis pies, mis fríos pies. El agua estaba tibia, tranquila, serena. -Escucha lo que el agua tenga para decirte -me musitó al oído, como si fuera fácil para un principiante. Intenté que la sal escondida en el agua entre por mis poros y se me mezcle con mi sangre roja, con mi saliva y con mi sudor. Pero era inútil.
Pero ya estaba empezando a dudar sobre mi transformación: ¿Es que acaso quería seguir siendo humano? ¿Es que acaso no podía dejar mi vida humana, mis costumbres, mis hábitos, mis defectos, mi forma humana en sí? Estaba apunto de pasar a una etapa libre, sin preocupaciones, sin fallas, sin nada. Nada de nada. ¿Acaso quería eso? Sí. Sí lo quería... ¿O yo me quería convencer?
-Olvídate de tu forma humana, trata de desarmarte con el aire. -me dijo y se sumergió en el agua. El mar estaba más tranquilo que nunca, ninguna ola me azotaba mi cuerpo desnudo que estaba allí, entre las aguas. No quise olvidarme de nada. Solo quería despedirme...
...Despedirme de las cosas que pasan a diario y que todos los humanos damos por alto, y no nos damos cuenta. Extrañaría el ruido de la naturaleza, el de los bosques, el de la selva, el silencio de los desiertos y los gritos de las montañas; extrañaría el cielo, poder verlo, poder observar sus cambios todos los días, poder quererlo; extrañaría la adrenalina, estaba por convertirme en uno de los reyes del mar, no iba a sentir nunca mas la adrenalina en mi vida; extrañaría las caras humanas, los ojos, el pelo, las narices, las bocas anchas, los dientes filosos y grandes; extrañaría cuerpos, torsos, brazos, ¡Piernas!, ¡Como extrañaría las piernas!, nunca más iba a caminar, sentía que mis piernas se iban cada vez más con el agua. En fin, extrañaría la vida, sí, la vida.
-Déjalo todo -me dijo, luego de volver de las profundidades -Trata de echarlo de tu mente, porque no hay vuelta atrás.
Cerré los ojos, y me di cuenta que extrañaría el sol, el calor, el viento, la brisa. Extrañaría todo, absolutamente todo; pero entendía también que me iba a sorprender con todo lo que iba a descubrir. Estaba por entrar a un nuevo mundo, ¿Estaba dispuesto a dejarlo todo para empezar de nuevo? Tanto me costó adaptarme al mundo real. ¿Lo haría de vuelta?
¿Valía la pena desperdiciar mi vida humana para empezar un nuevo capítulo en mi vida?
-Ahora, sumérgete.
Abrí los ojos y me sumergí rápidamente. Cuando mis pelos se ahogaron, cerré los ojos instantáneamente, gracias al agua salada, y al hardor que ésta provocó cuando tocó mi iris. Estuve algunos segundos allí, sin respirar, hasta que mis pulmones se secaron por completo; estaban muriendo, al igual que yo, al igual que mis anteriores hábitos, al igual que toda mi vida. Luego de unos minutos, en los cuales divagué allí, sin razón ni tiempo, sin pensar, sin razonar, sin tiempo para arrepentirme de nada, sumergido en el agua, abrí los ojos. Vi claramente todo. Todos me saludaban, pegaban gritos, me alentaban, nadaban como locos, y me di cuenta que aquel era el ruido del mar que a los humanos tanto nos daba curiosidad: aquellos gritos, aquella vívida bienvenida.
Mi vida, mi antigua vida, quedó en la superficie, más allá del mar, en la orilla, en el bosque, quedó en cada lugar terrestre de la tierra, entre las hojas, en las nubes, en el césped, en cada pájaro, en el ulular de una lechuza. Estaría en cada lugar. Ahora tenía una nueva, una mejor. Con una sonrisa, pude mostrar mis nuevos dientes filosos, y, nadando con mi nueva cola de pez color escarlata, me fui hacia las negras profundidades, con mi nueva sociedad, mis nuevos amigos, dispuesto a ver, a sentir y a aprender a lo que tanto temía. Mi nueva vida acababa de empezar, ya no había vuelta atrás.
Me fui con mi nueva gente, los sirenos, las sirenas, que nadaban a mi alrededor.
Sireno, ahora eso era.
Las plazas en primavera eran un arrebato de gente; niños por doquier, por allí y por allá, jugueteaban unos con otros, riéndose. Esquivándolos habilidosamente, pisando la hierva verde que crecía en el suelo, caminaba, sin un rumbo muy bien definido. Necesitaba un banco, o al menos un lugar para sentarme. O fue mi propia impresión, o la primavera en sí toca las yagas de los impulsos emotivos y crea una atmósfera armoniosa, generando parejas felices, noviazgos eternos. Entre los pocos grandes árboles, estaban aquellas parejas, más allá de los gritos de los niños. Lo peor no era que las parejas demuestren su amor a los pobres, como yo, que no tienen todavía un alma gemela, si no era que, además de ocupar las grandes distancias entre un árbol y otro como si fueran una manada, también ocupaban aquellos bancos.Tratando de no ver los besos pesados de los jóvenes a mi alrededor, ví un banco enorme, con espacio de sobra. Cuando aceleré el paso para llegar rápido, me pregunté porque aquel estaba vacío.Cuando llegué y me senté, vi en el otro rincón un señor, común, diría, con un sombrero bastante llamativo, no por el color ni mucho menos, si no por la forma, al estilo gala. Leía un libro concentradamente y, con el mayor disimulo, traté de leer el título. Y este era: Las entrañas de los porqués. Supe que aquel era un título demasiado amplio en significado, lógico o no, y, tratando de alejarme lo más de él gracias a los prejuicios naturalmente que a los humanos nos surgen hacia algo no tan parecido a lo que uno es en sí, direccioné mis ojos para otro lugar. No desperdicié mi tiempo, la meditación era fundamental en tiempos donde los labios se besaban hasta sangrar, y donde a los abrazos no les importaba cuanto calor hacía.Había dos cosas que me llamaban la atención de una forma abrupta: una era que no estaba cansado y por lo tanto tenía una necesidad implacable de sentarme, no importaba si en el piso, o en el banco con un viejo pétreo, necesitaba sentarme. La segunda cosa que me llamaba la atención era el señor que tenía a no menos de un metro. Ya había estado quince minutos allí y el viejo no se habia movido, ni sus ojos se movían con el ir y venir de las letras del libro, ni la poca brisa que podía atravesar los árboles le movían los pelos marrones con canas. Eso, entre otros factores adjuntos que surgen con el abrir y cerrar los ojos.-¿Cómo está pasando su Viernes? -preguntó el viejo al aire. Aunque sabía que me hablaba a mi, no lo hacía parecer. Es que su cara no se movió ni en lo más mínimo. Sus ojos, negros como la noche sin luna, no se habían movido de la página del libro. Por cierto, me di cuenta al instante que, desde su tiempo allí, el viejo extraño no había cambiado la página, la 79.Una escalofriante sensación recorrió mi cuerpo. No pude responderle, no por que no quería, si no que mis labios, absurdamente, estaban pegados, cosido uno con otro. Me levanté por el impulso del misterio y, dejando las ganas del descanso atrás, empecé a caminar. Pero antes de pasar la figura del viejo, él me dijo:-Tu no tienes la culpa. Él lo quiso así.Giré mi cabeza, y mis labios reaccionaron, aunque antes de emitir algún sonido, el viejo, nuevamente, habló por mi.-No digas nada, no es necesario. Él no acepta críticas, podría aplastarte en lo que dura un silbido , en una fracción de segundos. No corras el riesgo, porque él sabe que en sus manos estamos todos al filo de la muerte. Él quiso que nos encontremos, claro está. Él quiere que te regale este libro -dijo, acercándome el libro, abierto en la página 79.Con vacilo, tomé el libro con inseguridad, no muy tangible de qué se refería cuando decía Él.
-Leelo desde el capítulo 6. ¿Para que empezar desde el principio si los libros son tan predecibles? Total, él también dicta los finales de los libros, y decide si serán aquellos felices o tristes. -me dijo el viejo, con los ojos abiertos. La figura en sí del anticuado me daba intriga. Tenía facciones muy leves, casi no tenía gestos: su cara siempre estuvo petrificada, y, aunque se que es imposible, no lo había visto pestañear ni una vez.Volví a mi casa lo más rápido posible, sin que me molestaran las infinitas parejas de aquí para allá.Encendí la luz en mi habitación, y ésta, con una velocidad envidiable, echó a toda penumbra y oscuridad que por los rincones reinaban. Sin tratar de olvidarme ni de despistarme, abrí el libro en la página 79. El capitulo 6, titulado Todo está escrito , inciaba de la siguiente forma: Él supo desde los inicios de la historia lo que iba a ocurrir, con detalles y consecuencias; él sabe que, aunque nadie hable del tema, todos sabemos que el es el todo poderoso de los finales, del tiempo...Y ahí, nadando entre todas esas palabras vacías para mi, me di cuenta que tanto el anciano como el libro nombraban a él. No sabía muy bien a que se refería específicamente, pero de algo el viejo tenía razón: sea quien sea Él, quería que el viejo y yo nos encontremos. A eso se debía esas ganas insoportables de sentarme extrañamente, a eso se debía que justo el único banco con lugar era el del viejo, a eso se debía que el viejo justo en ese momento esté leyendo el libro.Fue todo muy justo, cada cosa encajó con su consiguiente. Así, podríamos imaginarnos la vida como un rompecabezas: cada eslavón de la cadena de la vida tenía algo escensial. Toda acción lleva a otra cosa. ¿Casualidad? No creía en esa palabra, eso no existe. Todo pasa por algo. ¡Ah! Sí...... Él es el destino.El polvo gobernaba los libros en la parte izquierda de mi biblioteca. Y ahí, entre los libros olvidados, puse aquél, tratando de nunca más recordarlo, ni al título ni mucho menos a la página 79. El destino, algo tan curioso y abstracto, quería que lea ese libro, quería que aquel viejo macabro me lo conseda. Pues no lo hice, y no podría decir que le gané al destino, eso es imposible. Él está siempre a un paso delante de nosotros, de eso si estaba seguro.Yo me quedé en la página 79 eternamente, sin terminarla. Él ya iba por la 80.
Cuando me desperté, cuando pude despegar párpado con párpado y vi una luz al final del túnel del cielo, me di cuenta que no sabía donde estaba. Traté de tantear mí alrededor con mis manos temblorosas, sin levantar la mirada. Pude distinguir hojas rasposas, frías como las gotas de un río, grandes como las masas de hielo. Me senté, y realicé que estaba en el medio de un bosque, algo exótico por lo visto, y desconocido a simple vista. Los árboles estaban doblados, con hojas coloradas; la tierra era blanca como la leche, con sus escarabajos voladores de color dorado caminando y volando por ahí, por encima de mí; el cielo era lívido, indefinido, color violeta, diría, acompañado de lunas, algunas mas blancas que otras, con formas confusas.
Logré, luego de tantos intentos fallidos, desparramar las hojas y poder pararme. Me enterré en la arena, como si fuera fango. Mirando para todos lados, caminé por el sendero del bosque, desconfiado, sin saber que esperar, mirando derecha-izquierda a cada paso. Había mariposas por doquier, con alas enormes y de todos colores; éstas, bailoteaban con las luciérnagas, hermosas por naturaleza, aquella naturaleza tan extraña. Aquel lugar era uno muy hermoso; pero raro para mi, no podía acostumbrame, y tampoco debía.
Caminé y caminé, surqué y me metí entre los árboles, zigzagueándolos. Cuando el bosque quedó atrás, y la tierra, suave como la harina, desapareció, me encontré con una playa. La arena, color esmeralda, era como cemento, dura, y el agua, tibia, era amarilla, y se mezclaba con las grandes olas que a rato azotaban las piedras de las costas. Al lado de una gran roca con forma de medialuna, vi a alguien. Era una mujer, con pelos lacios negros hasta las rodillas.
Corrí hacia ella, con ansias de tener alguna explicación, lógica o no, de donde se encontraba, con codicia por ver a alguna persona que me diga por qué el cielo era violeta, por qué el agua amarillenta... y demás.
-Hola, disculpe -la saludé amablemente, tocándole el hombro -¿Sabe donde estamos?
Ella abrió los ojos como monedas, como si nunca hubiera visto un humano, alguien semejante a ella. Miró para el mar, luego al cielo, y luego abajo. Luego me miró a mi: uno de sus ojos era celeste, como el cielo que yo conocía, y otro, blanco, sin una pigmentación definida, y sus pupilas eran casi un punto naranja en el medio del gran iris.
-¡La tierra es perfectamente redonda! -me gritó, levantando el brazo derecho; y retrocedí algunos pasos, más que por el susto, por la sorpresa. Me di cuenta que no era una persona racional, tal vez no era la indicada para preguntarle ese tipo de cosas, quién sabe por qué; pero estaba perdido, y en más, no sabía si había otro humano: era mi última esperanza, y la única. Le pregunté si sabía el nombre de aquel lugar fantasmagórico para mi.-Mentlyes. -me respondió, con una voz aguda como el cantar de los cantares, como el más soprano de un coro, como el grito de los cuervos rojos.No pude imaginarme aquel pueblo en algún parte del mapa, y descarté la posibilidad de que aquel lugar existiera. Algo estaba pasando, eso era evidente, pero el gran problema era qué era exactamente.
Odiaba no saber donde estaba. El sentimiento de confusión y de estar perdido son los peores; no saber donde ir, ni saber qué hora es, ni saber, en más, si había alguna persona, era frustrante. Aquella mujer no me ayudo en nada, todo lo contrario, me confundió aún más, revolvió aún más los pensamientos entrecruzados. ¿Por qué tenía ojos de distinto color? ¿Y porqué tenía aquellos colores tan extraños?,pensé.
-Nací así -me dijo, cerrando los ojos, negando con la cabeza, amarrándose su pelo...
...Y me sorprendí, claro, ¿Acaso leía mi mente? ¿Acaso era vidente? ¿Acaso las facciones de mi cara delataron mi pregunta? ¿Acaso lo había imaginado...?Un click se produjo en mi mente.¡Es que eso era!
Aquellas nubes planas, aquellos escarabajos exóticos, aquel bosque infernal, no era ni más ni menos que producto de mi mente, de mi imaginación, claro, sí, una quimera, una utopía, algo irreal, algo ilusorio, vano. No había nada de que preocuparse en absoluto, o al menos eso suponía. Era raro pensar que la jugarreta de mi mente le había salido mal, y pensar que yo podía controlar mi imaginación, era algo fascinante, algo que nunca había experimentado. Aquella era mi primera vez.
Fue cuando estaba mirando el mar infinito, cuando me di cuenta que la palabra Mentlyes, el nombre de aquel lugar, provenía de la palabra Mente, y que cuando ella dijo que la tierra era una esféra, se refería, ni más ni menos, que al cerebro mismo. Era indudable, y algo estúpido también, ya que por tán lógico que sea, no pude descifrarlo la primera vez
-No hay nada de que preocuparse -le dije a la muchacha, con un desdén, poblando mi frente de arrugas.
Ella sonrió. Sabía a lo que me refería.
Muy vulgar decir: a ti te escogí, a ti te abro la puerta, te deje pasar y la cerré cuando entraste a mi vida, para siempre. Lo cierto es, desafortunadamente, que no acostumbro a abrir mi corazón, aquel aparato lleno de sentimientos, aquellos que solo Dios sabe como se usan, como controlarlos, como evadirlos. Y no lo abro porque no quiero, si no porque no se como se hace, ni como se siente ni como se cierra aquella puerta.
Te abriré las puertas de mi mente, si de algo te sirve, si le das la importancia necesaria para pasar a un laberinto sin salida, a un bosque denso, con animales exóticos y plantas inexistentes, a mi propio mar muerto, sin vida. Sí, aquel era mi cerebro. Pasá.
-Es verdad, tu mente es un laberinto -me dijo la primer persona. Tenía toda la razón del mundo, de eso no había duda. Un laberinto, con trampas que él mismo ingeniaba, y en las que yo caía siempre, sin aprender nunca en qué lugar preciso estaban. Un laberinto donde no conozco pasadizo alguno, donde quién sabe donde esta la salida; las puertas salvadoras no existían, estaría en aquella pesadilla para siempre, en un lugar donde no encontraría nada, cegado por la oscuridad de noche. El laberinto más difícil en el que he estado, y en el que tuve dieciséis años para poder salir de él, y encontrar la salida, victorioso. Hoy en día, sigo buscando aquella salida. Quizás no exista, quizás todo aquello no exista, quizás era todo producto de mi imaginación, también cegada por aquella tortura. Sea lo que fuese, me carcome la cabeza, día a día. Sorprendida, la segunda persona me miró con ojos abiertos como platos, ¿Acaso por el desconcierto? ¿Acaso por la confusión?
-Sin palabras... El bosque más raro que he visto en mi vida.
¿Bosque? ¿Raro?
Era curioso pensar que aquellos factores, tanto el estúpido laberinto como el maldito bosque me identifiquen tanto. El bosque no representaba ni más ni menos la sorpresa, algo que no es ni positivo ni negativo, si no, digamos, neutro. En aquel bosque ni yo, creador de todo aquello imaginario, sabía lo que me encontraría. A simple vista, era verde, con árboles con copas bien altas, rascando el cielo raso y desparramando las nubes violetas. Al internarte en él, podías ver aves coloridas, que representaban alegría y felicidad, pantanos por doquier, representando tristeza, y arena, en abundancia, que, sin dudas, representaba confusión, algo que caracteriza el bosque. La arena, algo tan simple en la playa se convierte tan abstracto. ¿Para que sirve? A mucha gente le gusta, a otra no, la arena es algo que esta ahí, esperando para meterse entre nuestros pies, sin un fin afable.
Por las noches, en mi exótico bosque, llovía arena, y ahogaba las aves coloridas, las copas de los árboles, el bosque en sí, sofocando los lagos anaranjados, que representaban la valentía, y los cuervos negros, que representaban miedo. Arena, no te quiero en mi vida, extínguete, pensé. Pero era inútil, era algo que nació, creció y se desarrolló con migo, para quedarse allí para siempre.
Esperaba que la tercera persona me diga que había visto un mar negro, lleno de curiosidad, pero no. Vio un cielo, con el sol poniente. Me sorprendí, nunca antes lo había visto, y no pude interpretar ni captar de qué se trataba aquel sol, cuál era su señal, su objetivo oculto, su cógido no descifrado
-¿Esperanza? -me dijo la tercer persona, poblando su frente de arrugas, alzando los ojos y mirándome, como si yo pudiera contestarle. Supuse que era esperanza, la luz que combatía los males, algo que luchaba contra las más grandes tormentas de arena, intentando salir del laberinto e intentando nadar en el mar negro.
-Te amo -le dije, por milésima vez. Enredé sus dedos cálidos y hermosos con los míos, gélidos y carentes de vida. Nuestras manos siempre fueron complementarias, al igual que nosotros mismos, ya que habíamos nacido para estar juntos, juntos para siempre; pero en la forma en la que su palma de su mano tocó la mía, noté que algo no estaba en el lugar que tendría que estar. Estaba todo desordenado, y eso no me gustaba.
-No te puedes ir -le musité, con las fuerzas que me quedaban. Pestañeó con fuerza, y dejó sus ojos cerrados por una fracción de segundos, la más larga de toda mi vida. Trató de separarse de mis manos, pero no pudo, las tenía prisioneras ¿Y es que acaso aquel momento no podía durar para siempre? Simplemente, quería estar cautivo con ella toda una vida, y, en el caso de que tenga una segunda vida, me gustaría disfrutarla con ella también.
Y así todas mis vidas posibles.
-Sabes por qué me tengo que ir -me dijo, y sus palabras cortaron como cuchillas mi piel, mi piel escasa de existencia, sin sentido ahora. Negué con la cabeza, como si eso sirviera, como si eso lo impidiera, y ella, con sus facciones perfectas, me imitó, negando también, mirando a ambos lados...
...Y fue en ese preciso momento que ya nada importaba; haga lo que haga, se iría, para siempre quizás, daba igual. No podía separarme de ella, como a una abeja no la pueden separar del polen de las flores, o como a un drogadicto no le pueden sacar su mejunje diario de un día así porque sí.
Los túneles de mi mente se fueron oscureciendo, los rincones de mi corazón fueron desapareciendo, tal vez para siempre, ¿Quién sabe?, ¿Quién no?, ya que todos esos nidos se habían llenado con ese amor que me había dado ella. Nunca lo olvidaría, no me lo permitiría. Milagrosamente, ella soltó sus manos con las mías, y no estoy seguro si fue porque realmente ella quería librarse, o si, contrariamente, yo la dejé ir.
-Te amo -le repetí.
-Yo aún más -me dijo, con sus ojos llenos de lágrimas, aunque ninguna de ellas se deslizó por sus mejillas.
-No te vayas -le imploré, y me di cuenta, rápidamente, que ningún elixir me compondría luego de eso. Estaría mal, de por vida, absurda e incompetentemente.
-Sabes que siempre te amaré -me confesó. Miró al cielo soleado, y ni el sol, tan perfecto y caluroso, tenía gracia ese día. Para mi, aquel día era uno completamente gris, en todo sentido.
Fue ella la que luego tomó mis manos y dijo, inesperadamente, algo que encendió las galerías llenas de penumbra, como si una pequeña luciérnaga hubiera entrado en mi cabeza. Una pequeña luz:
-Siempre ocuparás una parte de mí. Una parte de mi corazón.
Mis ojos imitaron los suyos, con lágrimas mas gordas, con lágrimas que quedarán absorbidas eternamente...
...Y fue así como me di cuenta que aquellas lágrimas eran las lágrimas más hermosas de toda mi vida.
Cuando la vi partir, cuando me dio la espalda, no fue tan doloroso como pensaba. Sus lágrimas provocaron un ardor en sus ojos, un brío en sus vistas, en cambio, en los míos, los sollozos seguían ahí, en el iris, nublándome la vista por momentos. ¿De que eran esas lágrimas? ¿Tristeza? ¿Añoro? Un conjunto, diría, sumando la felicidad, ya que, según ella, siempre estaré en su corazón, siempre seré una parte de ella, siempre me amará... Y podría vivir con ello.
Las lágrimas se hicieron para expresar emociones, pensé, y, en mi caso, expresaba algo de desconcierto, como si, luego de su triste partida, me sintiera feliz.
No estaba feliz, eso quedaba explícito. Pero pensar que mis lágrimas tenían algo de felicidad, me emocionó; pensar que había dado vuelta el sentido de las lágrimas, iluminó la poca felicidad que tenía mi cuerpo.
No eran lágrimas desperdiciadas, eran lágrimas hermosas. Las más hermosas de toda mi vida.
Cuando me desperté aquella mañana, me di cuenta desde un principio, que no iba a ser un día cualquiera, un día ordinario. Me paré y estuve allí mucho tiempo, vacilante como nunca lo había estado un hombre recién levantado, un hombre que, en definitiva, comienza un nuevo día, una misma rutina. Logré pararme y caminar hacia la ventana, miré hacia abajo, hacía arriba y hacía el cielo. Éste estaba lívido, sin un color definido. Las nubes se concentraban en los costados, al margen del contorno del cielo, creando un circulo celeste, como un aro. Algunas nubes eran lo bastante espesas como para crear sombra, y otras, desafortunadamente, eran débiles, incapaces de producir oscuridad alguna, pero muy propensas a ser llevadas por el viento, aunque sabía que aquel día esas nubes se quedarían allí, ya que no había ninguna brisa, ningún leve movimiento de ráfaga. Nada. Ni el sol, impotente con sus rayos, se animó a salir ese día. Estaba bien escondido, en un lugar más allá de las nubes, más allá de lo visible. Sol, ¡Ilumina las calles! pensé, pero fue inútil.Salí a la vereda. El ambiente estaba apagado, al igual que el cielo, al igual que la ciudad. El pronostico no podría haber definido aquel día; no estaba soleado, no había sol, no estaba nublado, nubes más nubes menos, no era lluvioso, ni tormentoso. Era, por definición, inestable.Las calles se encontraban prácticamente vacías, poca gente caminaba, gente indecisa, desconfiada y supe de que se trataba, como sabe una abeja que tiene que buscar polen en diversas flores.Pasé por enfrente de un local, un kiosco, diría y, aunque estaba abierto, nadie se encontraba allí. Nadie atendiendo, nadie comprando. Me permití, como hacemos los humanos diariamente, tomar un diario, solamente para verificar lo del pronóstico. La primera plana tampoco tenía muchas noticias que dar, claro, en un año tan crítico como el 2012, ¿Quién pondría noticias? ¿Quién las contaría? El fin del mundo, o, más bien, el fin de nuestro mundo, se acercaba precipitadamente, y la gente, ignorante por sobra, pensaba que, con el simple hecho de quedarse en casa, se podría salvar de aquella muerte y todos saben, en lo más profundo de sus cerebros, que nadie escapa de ella, aunque quieran.¿La muerte? ¿Acaso existía algún significado lógico para aquello? Es algo tan curioso para algunos, tan estremecedor para otros y, en mayoría, temeraria.Seguí caminando, como una persona cualquiera que camina un lunes por la mañana. Aquel día era diferente, claro, todos iríamos al cielo (o, según creencias, iríamos algunos al cielo y otros, como dicen, al infierno) de algún modo, y me pregunté de que forma el mundo deparará nuestro destino.Llegué a una plaza, también carente de color y gente, carente de personas y vida, ya que parecía que hasta las aves e insectos se habían enterado que tal cosa iba a suceder, excepto, por lo que vi, un perro. Un lindo perro. Movía la cola, mirándome, como si fuera comestible, como si fuera un aperitivo.-Tú no tienes miedo -le susurré, esperando, absurdamente, una respuesta. Él me sacó la lengua y se sentó. Pude ver sus costillas muy notorias; no había indicio de carne, solo eran huesos, cubiertos por una piel, y a la vez por pelo color marrón claro. ¿Era una señal? ¿Nos íbamos a morir todos de hambruna por el miedo? El temor gobernaba las mentes, las calles, las casas... el mundo. ¿Y acaso el temor nos iba a hacer morir de hambre? ¿Si aquel día de octubre del 2012 no iríamos a morir todos, la gente se quedaría esperando hasta que pase? ¿O saldría? Y no pude responderme. La mente de un humano es tan compleja, tan impredecible, astuta en algunos sentidos, pero tan dormida, como si fuera sumisa.Me quedé sentado allí, en el pasto, solamente con el perro, esperando aquel fin de capítulo, aquel fin de una humanidad que se equivocó y que no pudo aprovechar satisfactoriamente lo que la naturaleza nos dio. ¿Y es que acaso fuimos tan malos como para tener aquel final, aquella conclución?La noche pasó, y nada sucedió, excepto por el perro, que se fue, a buscar comida, quizás, a buscar un techo, tal vez. Las nubes se juntaron, se nublaron y rompieron a llover, regando los pastos, las copas de los árboles. Nada había ocurrido aquel día, ahora solo había que esperar que la gente, en definitiva, se de cuenta, y que reaccionen como tienen que reaccionar, aunque esperaba que todos se den cuenta que no existe tal cosa, aunque, claro, cualquiera me podría contradecir.Que pase lo que tenga que pasar. Todo estará bien pensé.
Nadaba entre los espíritus negros, los fantasmas de los que alguna vez estuvieron enamorados, entre los corazones rotos y despedazados... ¿despedazados de amor? ¿Quién sabe?; me encontraba en un río de sangre púrpura, proveniente, ni más ni menos, de los corazones, rotos y fracturados, y me pregunté que habrá pasado y, quién sabe porqué, la palabra traición apareció en mi cabeza.¿Corazones? Me atrevía a llamarlos así. Forma de aquello no tenían, pero no porque nunca lo fueron, si no porque cambiaron, de alguna forma u otra. ¿Acaso un corazón roto se convierte en otra cosa? Diría que sí, ¿No? Nunca le desearía a nadie tener aquella sensación hueca, aquella sensación que se siente al tener un corazón roto. Claro, que aquel se puede sanar, con tiempo y paciencia, dos virtudes que casi nadie goza, y dos virtudes de las que, actualmente, se necesita, y mucho, mucho más de lo que la gente piensa, incluso yo.Pero, luego de la brazada número cuarenta, alejando de mi los restos de lo que una vez fueron corazones, me di cuenta que no estaba solo, había mas gente allí, muchachas y muchachos, niños y niñas, adultos y gente con ya edad, y no estaba muy seguro si tendrán, o no, más idea que yo de aquel río místico, púrpura y lleno de lo que, a simple vista, parecen sesos.-Ché, vos... -le dije a una chica que andaba vagando igual que yo, también haciendo brazadas. Pude ver, en su rostro, que no sabía, igual que yo, porque estaba allí. -¿Qué hacemos aquí?Su rubia cabellera bailoteó en sus hombros cuando movió su cabeza para ambos lados, señalando en sus ojos que tampoco tenía idea de porqué estaba allí. Pero el hecho de que me encuentre ahí era, además de curioso e intrigante, muy perturbador. ¿Habrá, muy en el fondo, una señal?-Sé porque estoy aquí, lo que no sé es cómo llegué aquí -afirmó la muchacha, abriendo los ojos como monedas, y éstos, más hermosos que nunca, fueron como reflectores celestes, entre toda aquella agua color carmesí.-Si se puede saber... -le dije, poblando mi frente de arrugas.-Me peleé con mi novio.Noté como la situación se tornó absurda cuando habló, pero, particularmente, no me reí, y tampoco hice algún desdén de burla, ni mucho menos. Mi cara, que rebelaba confusión mezclada con un poco de pánico, ahuyentó a la chica que, luego de un giro de cabeza, desapareció, haciéndome oler su fragancia a pera con un extra de frutilla. Qué delicia.Claro. Estaba bien claro que aquel río quería decirme algo, pero el problema no era ese, era, sobre todo, que no encontraba qué quería decirme en verdad; reconciliación, quizás, empezar algo, tal vez.Yo ya no nadaba, aquella corriente espesa me hacía avanzar, y era inútil que me resista, porque aquella correntada era fuerte, pero, en lo más íntimo de mi corazón, tenía ganas de que el agua me transmita aquel mensaje oculto. ¿Qué más daba? De repente, el rojo del agua empezó a desaparecer, mezclándose con agua normal, y las figuras e intestinos a mi lado empezaron a quedar atrás, allá lejos. ¿Es que ahora estaba en un río de verdad? Pues no, pude vislumbrar grandes piedras en el fondo, bien en el fondo. Tome una.Y me di cuenta que no era una piedra, era una roca con forma de corazón, igual a todas las del fondo. Y aquella señal fue la que me hizo entender todo, y me estremecí, al pensar que capaz aquel río no tenía toda la razón del mundo.Ni con más ni con menos palabras, aquel río me decía: Ey, despertate, ¡JUGATELA!Claro, aquellos corazones despedazados eran los que si se habían arriesgado y los que sí, de alguna forma u otra, se la habían jugado. Pero, como es lógico, fracasaron, por eso se encontraban en aquel arroyo; supuse que, después de un tiempo, se iban a recuperar, o eso pensaba. La conexión que encontré me hizo entender otra cosa, mucho más adversa. Aquellos corazones nos representaban a cada uno, y aquel río era, sin duda, la vida misma, esa con una correntada tan fuerte que te lleva y no te das cuenta, esa que, si no la remas, quedás en el fondo, como aquellos corazones rocosos. Claro, tenía que ser eso y, además, tenía sentido.Los otros corazones, más escalofriantes aún, eran esos que no se animaban y los que se quedaban en su lugar, pensando, sobre todo, que estaban bien sin jugársela, y me pregunté, luego de un rato de pensar, si aquellos corazones de piedra eran parecidos al mío...... la respuesta no me agradó en absoluto.
Entre la juventud, aquella aterradora pero hermosa edad, a la que todos quieren volver, me encontraba yo, igual que todos aquellos jóvenes que, a simple vista, gracias a la moda y al mercado similar, no se los diferencian muy bien, haciendo una multitud joven, con vestimenta idéntica o, simplemente parecida. Aunque ni en mis facciones del rostro, ni en las comisuras de mi boca, ni en mi forma de expresar sentimientos y desacuerdos, ni en el echo de que soy uno más de este mundo, ordinario, nadie encuentre algo raro, algo diferente a todos los demás, yo se, y lo guardo lo más hondo posible en mi corazón, que tengo algo que a muchos les intrigaría, como a mi, que a muchos les gustaría tener. En mi caso, me daba igual tenerlo o no. Más que un don, era un recuerdo, un recuerdo que todos tenemos olvidado en algún nido de la mente, y está tan bien arrinconado que, aunque traten reiteradas veces de recordarlo, no lo consiguen.Algunas veces me gustaría que alguien sepa mi secreto, aunque sé que si pudiese contarlo, nadie me creería, y me tratarían de loco. Por eso traté de que mi rostro, más bien mis ojos, traten de comunicar aquel mensaje tan oculto en mi; algunos lo llaman telepatía, la capacidad de decir algo sin mover la boca, ni hacer señas. Pero, en mi único intento fallido de quedar cara a cara, aliento con aliento, nariz con nariz, lo único que conseguí fue una simple risa, y se que, si se enterara de mi gran secreto, lo último que haría sería reírse, más bien, quedaría más acorde un soplido, una ceja levantada, o una simple mirada tajante, asintiendo de que el mensaje fue captado, analizado y luego, como todo, olvidado. Bufé, ante la idea de que, con la mirada, intenté comunicar.De todas las mentes y conciencias que hay en esta vida, en esta tierra, el destino, el azar, la casualidad o eso que tiene muchos nombres, eligió la mía.Todo lo que los humanos hacemos, y lo que el cuerpo nos permite hacer, es controlado por el cerebro. Pero muy pocos saben, o muchos ignorantes desconocen, es que todo aquello es comprimido en el 2% de todo el cerebro. En mi caso, en mi extraño y peculiar caso, yo tenía una expansión de aquel mísero porcentaje, aunque se que aquella virtud no era algo humano, era algo más irreal y místico que otra cosa, es por eso que me estremecía cuando imágenes bombardeaban mi cabeza. Mi merced era, mas que todo, un fino recuerdo de mi vida pasada, de mi antigua vida, de aquella que no se sabía muy bien si existía, si existió o si nunca hubo tal cosa. ¿Acaso todo lo recordado era sólo producto de mi imaginación... o Acaso yo en realidad tuve otra vida, y recordaba muy bien qué había hecho en aquella?Soy, entre todos los rangos y clasificaciones que se pueden dar en una sociedad, los que piensan que, luego de morir, el cuerpo se queda solo y el alma se sustituye por otro cuerpo, por otra vida, como si, luego de que una flor muera o se seque, otra nazca de aquellas raíces viejas. Es muy absurdo tratar de recordar algo que, francamente, para uno, no existió, pero tardé varios en años en darme cuenta que los recuerdos que iluminaban túneles en mi mente eran, ni más ni menos, que memorias de mi vida pasada, de mi vida anterior, haciéndome pensar en las cosas que hice y que no pude hacer en aquel pasado que yo creía lejano. Pero lógico, claro, es creer que uno no puede, así como así, volver atrás y ver que hizo mi antiguo yo, mi antigua esencia.De nada me sirve saber que hizo el portador de mi alma en la antigüedad, claro, ya que el tiempo siguió transcurriendo, y las cosas cambiaron. Pero, aunque no quiera acordarme de lo absurdo que es todo esto, aquella memoria me persigue, en el sentido de que, por ejemplo, al escuchar una canción muy antigua, recordarla, con mis insignificantes dieciséis años, sería imposible. Pero, como mi alma la escuchó en su momento con su otro cuerpo, yo, en la actualidad, la puedo reconocer tranquilamente, y cantarla y tararearla a la par.Vidas pasadas, destinos, casualidades, azar, alma... ¿Acaso algo de todo aquello existe? Puede que si, como algunos creen y afirman, o puede que no, como algunos que niegan y tratan de locos a los que sí llegan a creer. ¿Acaso todos tuvimos una vida pasada y es imposible recordarla? ¿Acaso soy el único que recuerda aquello? Es inquietante saber donde estuvo nuestra esencia antes de que el cuerpo contemporáneo. ¿Estuvimos en algún lugar antes? Son respuestas con explicaciones infinitas, o no, con una explicación que nadie sabe y que muchos intentan se descifrar. Yo sé que mi mente me hace jugadas y yo soy tan inútil que no puedo hacerle jugadas a ella. ¿Acaso estoy cayendo en una trampa, una jugarreta de mi conciencia? Espero que no, pero esperar o desear son cosas que no tienen mucho sentido.Aquel pensamiento va más allá de mi, resaltando lo más sublime de todo lo que puedo llegar a creer. Me imaginé, y luego me pregunté, si la flor que le regala un simple novio a su novia tuvo antes otra raíz, o si el ramo de romero que arranca una muchacha antes tuvo la posibilidad de ser arrancada en el pasado.
El cielo estaba lívido, de un color indefinido, ya que el sol no se decidía si salir o no, y las nubes, algunas grises y otras mas blancas, decidieron, de un día para otro, controlar el cielo, tapando el precioso sol. Aunque ningún rayo de sol podía atravesar aquella nubosidad espesa, el aire era cálido, capaz de calentar un rostro frío, pero inepto para evaporar charco alguno. Viento: moderado, aunque, de vez en cuando, algunas mínimas ráfagas azotaban las copas de los árboles, llevándose con ella algunas hojas, secas, verdes, daba igual.Desde una ventana analicé el día lo mejor que pude, con los escasos datos que tenía, sacando también conclusiones sobre si llovería o no en horas. Esperaba que no, aunque los datos no me acompañaban con eso.Más allá de los árboles que tapaban gran parte de mi vista por la ventana, vi una pareja, un muchacho de cara pálida, hablándole a una mujer con lágrimas en sus mejillas. Él la abrazaba, consolándola, supongo. Le decía algo al oído, palabras de consuelo, quizás, palabras de aliento. Vi como a la mujer no le importaba nada de aquello, nada de sus palabras sin sentido. Se separó de él bruscamente y, dando un giro dándole la espalda, esa frágil espalda, echó a correr, agitando su cabello contra la brisa y el viento leve.No era de mi incumbencia, y se que muchas cosas podrían haber pasado allí afuera, pero, ¿Qué mas daba?, abrir una cápsula con posibilidades en alguna parte indefinida de mi mente fue inevitable. De todas aquellas opciones, una más trágica que la otra, escogí, por carne propia, una que podría haber perjudicado tanto al hombre de cara pálida como a la mujer de los pelos al viento. Algo tan abstracto, complicado y hermoso. Relación terminada, y no me animaba a imaginar la palabra amor, era demasiado fuerte y no estaba seguro si aquello hubiera correspondido a aquella pareja que quién sabe quienes eran.El mundo de las relaciones terminadas que luego vislumbré fue algo de lo que ahora me arrepiento. Hermoso es cuando las risas, alegrías, felicidades y seguridades reinan sobre la pareja, y me pregunté si alguno, el hombre o la corredora, se hubiera preguntado cuándo terminaría aquella relación, cuánto duraría. Y pensar, estando con una persona, cuánto tiempo queda para reírse, no es bueno. Ideal sería disfrutar al máximo cada momento, cada minuto, cada instante. La pregunta que aquella pareja tendría que haberse hecho fue: Todos los momentos juntos vividos... ¿Valieron la pena hasta este momento, hasta este momento donde sufrimos, hasta este momento donde nos consideramos una relación terminada? Diría que si, pero soy de los que piensan que cualquier momento vivido valió la pena, suprimiendo aquellas torturas o secuestros de dignidad que algunos sufrieron.Escalofriante, si, pero la pregunta preliminar tendría que ser, ¿Para qué voy a enamorarme, si, al fin y al cabo, voy a terminar sufriendo, como aquella pareja? Por eso me imaginé otro mundo, mucho mas terrorífico que el universo de las relaciones terminadas. Este mundo es diferente, es un mundo donde los hombres tienen miedo a sufrir, y se alejan de la fuente de aquel sufrimiento: las mujeres. Un mundo donde los hombres intentan crear una barrera entre las mujeres; pero, al final, ese muro es tan inútil, tan frágil, como si aquella muralla fuera de pétalos de rosa, o de simples plumas. Pero, a pesar de lo angosto que sea aquel muro, no lo traspasan. Es un mundo donde nadie se anima a nada, donde los hombres no se animan a gozar lo mas hermoso de la vida, ni las mujeres se animan a traspasar aquel conjunto de pétalos. Es el mundo donde los hombres no aman a las mujeres. Intenté crear otro mundo más pavoroso y espantoso, pero no pude, aquel se ganaba el premio al mundo con menos sentido, y con más razones para que desaparezca, es por eso que tenemos que tratar, entre todos los habitantes de aquí, en no convertir el planeta tierra en un mundo así, tan imperfecto, tan ridículo.Ahora si me arrepiento de algo más, me arrepiento de que El mundo donde los hombres no aman a las mujeres haya ocupado un lugar en mi cerebro, y juro solemnemente que no fue intencional, y que nunca, nunca más, imaginaría algo así.
Neuquén: un pueblo chico, convertido en una ciudad, más chica aún, con edificios viejos, incomparables con los nuevos, los más modernos, con casas grandes, con grandes jardines, contrarrestando las chozas, las casas de chapa, donde su patio es apenas la calle o tierra húmeda. Terrible, pero si, es donde vivimos, un lugar lleno de contrastes... pero eso lo sabían todos, ¿no?.
Definir a toda la gente en mismos adjetivos, como pude decir que Neuquén esta lleno de contrastes, más que todo, sería una aberración. Particularmente no podría hacerlo ¿Todos son mentirosos... soberbios y niños de mamá? No, no lo son, ilógico sería solamente pensar qué pasaría con un mundo donde todos sus habitantes sean así (eso tampoco me permitiría pensarlo). Me atrevo a decir que a todos los une un sentimiento mutuo, algo que, oculto y no tan bien arrinconado, duerme en cada alma de cada persona, y que cuando llega la hora, despierta y golpea, más fuerte que nunca, las paredes de la conciencia y de la razón: el miedo, algo que muchos subestiman.
Pero lo cierto es que no puedo englobar todos los miedos en una misma categoría, por el simple hecho de que no todos tienen los mismos temores......Pero en esta realidad egoísta, puedo confirmar que más del 90% tiene un miedo en común, un miedo paralizante, sin vuelta atrás, como el ardor de un pétalo de una rosa, o, más trágico aún, como el detenimiento del pulso, como el derroche de sangre humana o como el hecho de no pestañear más. Ese miedo simple como el dejar de respirar, como el hecho de quedarse inmóvil de por vida, si, tan simple como el hecho de morir, por una u otra causa, sea por el asesinato o caos natural; como el choque de autos, o, más funesto aún, por suicidio, la muerte más fatal, complicada y adversa. Me atrevo completamente a sustituir mi cuerpo aburrido, incapaz de hacer grandes cosas, por el de un maníaco psicópata, de esos con ganas de matar, en este caso, a toda una ciudad; cualquiera pensaría que es una idea anormal, pero, en mi caso me resulta inquietante. Turbador sería tener el poder de lanzar una epidemia, probándolas con una ciudad entera, como si, en este caso, Neuquén estaría en una pecera, y yo, desde lo más alto, desde el flanco más superior del recipiente , observo cambio alguno.Nunca, en mi gran fantasía de poder tener aquella potestad, se me ocurrió la idea de asesinar, por dos razones: ...Una, no tengo (ni tuve y nunca tendré) ansia ni afán de ver gente sufrir, ni escuchar gritos y plegarias que, si las escucharía un real asesino, no les importaría demasiado. No tengo el cerebro negro, solo quiero divagar. Estoy en la cuenta que divagar en formas de matar no es bueno, y que hay otras cosas por las que preocuparse, pero la pregunta crucial sería... ¿Qué pasaría si...? Y, la continuación de aquella pregunta con incógnitas infinitas, me resulta completamente inquietante, más que todo lo que sobra.Mi segunda razón es mucho más simple, aunque engloba cosas a las tengo más en cuenta: matar gente, sea por cualquier razón, no es bueno. Por eso pensé, y reflexioné donde las ideas se cruzan, que no sería yo quien terminaría con lo que se conoce como una ciudad, lo haría otra cosa, con un mínimo y pequeño empujón.Escogí algo fuera del alcance de los humanos: un caos natural. Dios de los grandes y catastróficos cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego, titulé la gran tarea. No puedo controlar ningún elemento, lógicamente. Pero hay uno que está, de una forma extraña, mas cerca de mí que de los otros. No podría hacer nada con la estúpida tierra: ¿Placas tectónicas de bajo de Neuquén?... ¿Cómo lo lograría? Es imposible, y, luego de discusiones con mi mente, descarté la tierra. El aire también es inútil, ya que imposible sería controlar los vientos y absurdo sería llamar ridículamente a los tornados ... y el fuego, el que creía más eficaz, es incapaz de controlar. Ese es mi miedo, el fuego, el ardor, las llamas flameantes. Descartado. Quedaba el agua, las grandes masas de agua que, con un empujón, Mi pequeño empujón, seguirían su movimiento físico natural. La gran represa El chocón sería perfecto.
Burlar aquellos controles de seguridad fue una tarea fácil, aún más factible de lo que pude pensar. La bomba más mínima abriría una grieta, y no importaba su tamaño, ya que la hendidura más chica provocaría que el gran muro se derrumbe, dando a conocer la gran ola que a medida que avanzase, arrasaría con todo aquello que conocí como Neuquén.¡Boooooooom!Escuché gritos, plegarias (de esas que no planeaba escuchar), llantos y lamentos. Fue todo muy rápido, y la ola avanzó como un viento progresa sobre las montañas, y yo, desde el lugar de origen de aquella ola, la vi. Me sentí como un espectador, lleno de culpa, viendo como el agua asolaba y devastaba todo lo que se entrometía, y la luna, la que me observaba, se veía más grande, ya que los grandes edificios ya no estaban en el medio. Ya no había nada entre nosotros; solo estaba la gran luna, mirándome, y yo, desde la península que creé al hundir la ciudad, contemplándola.Donde hubo indicio de casa, edificio, construcción o, más grotesco aún, donde hubo yacimiento de raíz de árbol, quedó más que agua, dando lugar a un nuevo mundo bajo agua, incapaz de habitar por algún ser vivo que conozca.Cuando, luego de un gran pestañeo, pude vislumbrar los bancos de la plaza donde estaba, me paré y giré la cabeza, a la derecha, a la izquierda, así tres veces. Curioso fue pensar todo aquello, en apenas una fracción de segundo, lo que dura un simple pestañeo, un soplido, una simple risa, un simple estornudo provocado por alergia a la primavera, un simple beso de despedida, o de reconciliación, un chasquido de dedos, un giro de cabeza, una risa, lo que dura el ruido de una gota de una hoja al caer, un minúsculo ladrido, o el simple ulular de una lechuza.Usé esa fracción para otra cosa, completamente diferente.